septiembre 10, 2004

Qué conmemoramos realmente los catalanes el 11 de septiembre (1). Los hechos históricos

Psoelista y otros
septiembre de 2004


El 11 de septiembre rememora el fin de un conflicto dinástico que asoló Europa a principios nada menos que del siglo XVIII: es decir, hace trescientos años. Tras más de un año de asedio, el 11 de septiembre de 1714 el ejército franco-castellano comandado por el duque de Brunswick tomó al asalto Barcelona, defendida por las milicias de los gremios, algunos militares austracistas y unos pocos "voluntarios" extranjeros atrapados por el bloqueo.

La caída de Barcelona en 1714 representó el último acto de un conflicto de poder a escala continental. La lucha dividió a las grandes potencias de la época en dos bloques, dispuesto cada uno de ellos a subrrogar el trono de una vieja potencia en decadencia en beneficio del respectivo testaferro, austríaco uno y francés el otro. El conflicto duró de 1700 a 1713, y en Catalunya tuvo carácter de guerra civil entre «botiflers» y «maulets», es decir, entre felipistas y austracistas. En 1713 las potencias europeas firman la paz de Utrech, se reparten los despojos imperiales españoles en Europa y abandonan a su suerte a los austracistas catalanes. En realidad, desde que en 1711 caen Girona y Cardona, la guerra en Catalunya está perdida para los austracistas; pronto Barcelona comienza a sufrir un duro cerco y es sometida a bloqueo marítimo total, careciendo además de apoyo exterior. Los sitiados no pueden albergar esperanza alguna de recibir ayuda y menos aún, de vencer.

Y a pesar de ello, cuando las voluntades flaquean, un golpe de Estado a finales de 1713 lleva al poder en la ciudad sitiada al partido de la Guerra, dirigido por curas fanáticos miembros del sector eclesiástico de la Junta de los Tres Brazos. Se establece una dictadura que subordina a los otros dos Brazos, el aristocrático y el militar; el pueblo naturalmente, no cuenta para nada. A partir de ahí la figura mesiánica de Rafael Casanova impondrá una concepción numantina de la resistencia, cada vez más alejada de lo razonable desde el punto el punto de vista militar. En las semanas anteriores al asalto final, menudean los incidentes entre una población hambrienta y harta de la matanza y los dirigentes de la defensa, impertérritos ante las reclamaciones populares. Una manifestación de mujeres es reprimida por las milicias gremiales. El mando militar final lo asumirá Villarroel, militar profesional, asturiano y castellanohablante (Rafael Casanova está quizá herido y con seguridad escondido; hasta 1719 se hará pasar por muerto). Cuando por fin los atacantes penetran en la ciudad, los responsables de la defensa pactan la rendición, apresurándose a pedir a los ocupantes que tomen el control de las calles antes de que anochezca «para evitar que el populacho cometa desmanes aprovechando la oscuridad»; tal era la confianza que tenían en los ciudadanos a los que habían obligado a sacrificarse de semejante manera.

Contra la visión romántica y falsaria de los hechos que comenzó a crearse y difundirse a mediados del siglo XIX, ni esa fue una «guerra nacional» (sencillamente, no existían todavía naciones, y ni siquiera había sido creado el concepto político/jurídico para definirlas), ni el pueblo de Catalunya tomó partido fervorosamente por uno de los bandos. Durante el sitio de Barcelona, por ejemplo, los pueblos del Pla de Barcelona no sólo acogieron sin problemas a las tropas sitiadoras, sino que los campesinos hicieron pingües negocios con ellas. Entre la aristocracia rural y el patriciado urbano, los cambios de bando según evolucionara la marcha de la guerra fueron continuos. Por ejemplo, el señor de Horta, una pequeña población a las puertas de Barcelona, antiguo austracista, acogió en su casa a Felipe V durante una visita del pretendiente francés al cerco, y vio confirmados por éste todos los privilegios que en su día le otorgara el pretendiente austracista y aún aumentados con otros nuevos que le concedió el Borbón, muy satisfecho por su hospitalidad.

En lo que hace a leyes, lo que Catalunya perdió tras la guerra y sobre todo con el Decreto de Nueva Planta (base de construcción del nuevo estado borbónico), no tiene nada que ver con derechos individuales ni colectivos en sentido moderno; todo ese conjunto multiforme y a veces contradictorio de fueros, usos y privilegios de origen medieval que derogó la Nueva Planta no conformaban un derecho global de gentes sino un prolijo catálogo de prerrogativas, exenciones y regalías de clases y estamentos. El nuevo estado hacía tabla rasa de todo eso y a efectos fiscales convertía a todos sus habitantes en súbditos por igual, y por tanto en sujetos individualizados de exacciones tributarias. Para las clases populares, ser objeto de atención por el fisco no era ninguna novedad, pero para las clases privilegiadas, sí: nunca antes los poderosos habían pagado impuestos, porque precisamente para evitarlo existía todo el edificio fuerista. De ahí la añoranza entre esas clases por el "viejo orden de las cosas" anterior a la época borbónica.

En definitiva, la Nueva Planta acabó con los restos de la sociedad medieval. La nueva legislación sentó las bases que permitieron la gradual introducción del modo de producción capitalista, su triunfo sobre formas productivas periclitadas y un remedo de Revolución Industrial a mediados del siglo XIX.

A corto plazo, favoreció la expansión del comercio peninsular y también con Ultramar. En ese sentido, medidas de la Nueva Planta como la desaparición de las fronteras aduaneras internas existentes -no ya entre antiguos reinos medievales, sino entre los distintos estados que componían cada uno de ellos-, impulsaron el desarrollo económico catalán, abriéndole un vasto mercado peninsular y cimentando así la recuperación que experimenta el país tras una decadencia de siglos.

Política y administrativamente, la concepción centralizadora de la Nueva Planta se corresponde obviamente con el espíritu absolutista de la época, pero no parece que hayan sido muchas las resistencias populares ante la destrucción del entremado estamental que habían soportado desde la época altomedieval. Sólo el clero y los sectores desposeídos de la nobleza alimentarán una llama de rebeldía que se apagará rápidamente; la represión será muy focalizada, y en nada comparable a la inaugurada en 1939 (que sí fue dirigida casi en exclusiva contra las clases populares).

La memoria del 11 de septiembre no dejó entre los barceloneses mayor trauma histórico que otros sucesos similares, como la destrucción de la ciudad por Almanzor en el año 985 o los asaltos sufridos durante la guerra civil del siglo XV y la Guerra dels Segadors; por desgracia, Barcelona es una ciudad con una larga experiencia en sitios y ataques militares. Mayor lugar en la memoria histórica de los barceloneses ocupa, por reciente y por significado, la entrada de las tropas franquistas en la ciudad la tarde del 26 de enero de 1939.

Será en la época inicial del Romanticismo y luego durante la Renaixença cuando se creará la leyenda actual sobre el sitio de 1714 y sobre otros sucesos entre la Historia y el mito, a partir de la necesidad intelectual de articular un conjunto de referentes que dieran base a la "construcción nacional" iniciada en esos años. En esa labor destacará Milà i Fontanals, que llegará a escribir literatura a la que después atribuirá origen medieval (como la célebre novela "Curial e Güelfa", según ha demostrado una tesis doctoral reciente). En esa época se crean y difunden romances de estilo popular que mitifican diversos hechos históricos; algunos relacionados directamente con el 11 de septiembre, como el famoso "El Fossar de les Moreres" de Frederic Soler "Pitarra", del que por cierto aún hay gente que cree de buena fé que fue compuesto en la época del sitio.

La concepción ideologizada actual del 11 de septiembre es pues fruto no de unos hechos históricos descritos por la historiografía sino de la afirmación política, nacida muy a posteriori de los sucesos mitificados.

Lo que, por otra parte, resulta del todo natural, pues los mitos se generan siempre respondiendo a voluntades políticas, nunca científicas.

Qué conmemoramos realmente los catalanes el 11 de septiembre (y 2). La evolución de una fiesta patriótica

Psoelista y otros
septiembre de 2004

Una ley aprobada por el Parlament de Catalunya el 12 de junio de 1980, estableció como fecha de celebración de la Diada nacional de Catalunya el 11 de septiembre. Nunca antes el 11 de septiembre había tenido reconocimiento institucional oficial. En realidad, en 1980 faltó muy poco para que la fecha elegida fuera Sant Jordi, como propugnaban entonces el nacionalismo conservador y los "centristas" de UCD, y si finalmente se escogió el 11 de septiembre fue por el empeño que puso en ello la izquierda, tanto la parlamentaria como la extraparlamentaria.

La realización en esa fecha de actos de exaltación patriótica catalanista se remonta como mucho a las primeras décadas del siglo XX. Solían consistir en concentraciones y discursos ante la estatua de Rafael Casanova, conseller en cap de la ciudad durante el sitio de 1714, y nunca congregaron multitudes destacables ni siquiera en tiempos de la Segunda República, aunque fue en esta época cuando se originó la costumbre de que los dirigentes políticos catalanistas hicieran una ofrenda floral ante la estatua. Antes, en época de la dictadura de Primo de Rivera, se había producido el primer choque entre policías y asistentes.


Tras la sublevación militar de julio de 1936, la propaganda de guerra republicana en Catalunya intentó asociar la jornada del 11 de septiembre a la voluntad popular de resistencia frente al fascismo, pero esa iniciativa tampoco alcanzó mayor reconocimiento real que algún discurso célebre de Companys y los desfiles obligados de unas milicias en las que el ardor patriótico brillaba por su ausencia.

No fue hasta los años sesenta cuando el 11 de septiembre comenzó a cuajar como jornada reivindicativa de confrontación con el régimen franquista (una más entre otras, por otra parte). A principios de los setenta, las concentraciones en la esquina de Ronda Sant Pere-Alí Bey (la estatua de Casanova había sido retirada por los franquistas en 1939) ya reunían algunos centenares de personas, la gran mayoría militantes de la izquierda y de los sindicatos. Víctor Creix, famoso jefe de la policía política franquista en Barcelona interpeló a gritos, sorprendido, a un nutrido grupo de militantes de Comisiones Obreras detenidos en los «saltos» de uno de esos 11 de septiembre: «¿pero a vosotros qué coño os importan esas historias?».

La consagración popular de esta fecha llegó en 1977, cuando una multitud de cientos de miles de personas –un titular del entonces recién nacido El Periódico de Catalunya los convirtió en un millón: "Un millón de Segadors", y a partir de ahí la cifra hizo fortuna-, marchó por el Paseo de Gràcia barcelonés bajo el lema: "Llibertat, Amnistia i Estatut d’Autonomia", el triple grito impulsado por la Assamblea de Catalunya, organización unitaria de la oposición antifranquista. A partir de ahí, el 11 de septiembre adquirió un tono de reivindicación concreta, que sólo comenzó a disminuir tras la aprobación del nuevo Estatut de Autonomia y el funcionamiento normalizado de la Generalitat como órgano de autogobierno catalán. La celebración popular fue disminuyendo rápidamente en número de asistentes en la medida en que fueron distanciándose de ella los nacionalistas moderados y la izquierda, y pasó a ser escaparate de grupos juveniles nacionalistas progresivamente radicalizados, tan múltiples como escasos en capacidad de convocatoria. Paralelamente, la conmemoración institucional fue vaciando incluso de estética la jornada, hasta convertirla en una pura celebración protocolaria, aunque reforzando en los medios de comunicación afines los aspectos épicos más elementales del mensaje nacionalista: TV3, por ejemplo, llegó a programar «Braveheart» incluso en años consecutivos; si las nuevas generaciones de catalanes tuvieran que ponerle un rostro a Rafael Casanova, no hay duda de que sería el de Mel Gibson (como por otra parte hizo el gobierno autónomo escocés en el monumento que dedicó al insigne patriota de las Highlands).

Este año el nuevo gobierno de la Generalitat ensayará una fórmula conmemorativa que refuerce aún más si cabe el perfil institucional de la jornada y, de paso, evite situaciones como las que en los últimos años propicia la ofrenda floral ante la estatua de Casanova, en cuyo entorno inmediato grupos de jóvenes independentistas organizados en el mejor estilo "kale borroka", insultan, vejan y si pueden agreden a los representantes políticos, institucionales y personalidades que no gozan de sus simpatías, todo ello dentro de la más absoluta impunidad.