agosto 25, 2004

Pujol contra el mestizaje

IZARONEWS
agosto 2004

Jordi Pujol, ex President de la Generalitat de Catalunya, acaba de proclamar que el mestizaje sería el fin de Catalunya.

De la ideología de este individuo dicen que es «nacionalismo moderado». Uno tiene derecho entonces a preguntarse qué diablos debe ser el «nacionalismo radical». La respuesta parece lógica: Mathausen. O ETA, que para el caso es lo mismo.

La gente no emigra por placer sino porque en su lugar de origen no tiene medios para subsistir o progresar. Y emigra precisamente a aquellos lugares donde se le necesita como fuerza de trabajo, que a menudo es explotada en condiciones inhumanas aprovechándose de su situación alegal.

El conflicto comienza cuando el inmigrante reclama respeto a sus derechos más elementales, aquellos que le permiten subsistir como persona. Cuando pide que se le reconozca como individuo, y por tanto que se respete su «hecho diferencial» personal (cultural, religioso, político...) en relación a la sociedad eufemísticamente llamada «de acogida», es decir, aquella donde finalmente va a vender su fuerza de trabajo.

La burguesía nacional –nacionalista o no- no puede consentir que el extraño, el meteco, aquél al que se le «permite» ser explotado en el país «de acogida», cuestione su hegemonía ideológica y cultural. Porque en ella, en esa hegemonía sobre las ideas y los sentimientos, reside precisamente la fuerza de la burguesía en las sociedades capitalistas contemporáneas; reservada la violencia del Estado para situaciones extremas, la sumisión cotidiana se obtiene mediante el «convencimiento» real o fingido en la superioridad de los valores ideológico-culturales de la «sociedad de acogida» sobre los propios del inmigrante, y en la necesidad de no cuestionarlos y de interiorizarlos si se quiere prosperar en ella, que en definitiva es el objetivo de todo inmigrante.

Mantener al inmigrante en esos límites comporta asimismo el establecimiento de distancias también en el terreno físico. Se les aloja en grandes barrios en la periferia de las ciudades o en los centros urbanos degradados, lejos de los barrios burgueses y de las zonas de servicios usados por la burguesía. Distancia también en el trato: las relaciones entre inmigrantes y autóctonos difícilmente tienen continuidad fuera del marco estrictamente laboral, salvo que el inmigrante decida someterse a un proceso de absorción total. De todas formas, y al tratarse de personas con creencias, valores y costumbres marcadamente diferenciadas de las autóctonas –al contrario de lo que ocurría con las oleadas de inmigrantes de los años sesenta y setenta-, son pocos los que dan ese paso.

Y a pesar de todo, el temor al extraño, al que viene de fuera –actitud que conforma el substrato de toda posición xenófoba-, está muy presente en la sociedad burguesa autóctona catalana, tal como expresan las palabras de Pujol. Hay miedo a contaminarse, mucho miedo. En las pesadillas nocturnas de estos burgueses no falta con seguridad la hija predilecta amancebada con un moro de exagerada potencia sexual que además instruye en su religión «infiel» a los retoños de la pareja, o el hijo mayor que en vez de seguir el negocio familiar prefiere dilapidar tiempo y dinero detrás de latinoamericanas bailonas y sexualmente insaciables; en suma, los viejos fantasmas culturales de la burguesía autóctona se encarnan en nuevos arquetipos.

Tanto para inmigrantes como para autóctonos, mezclarse significa, en última instancia, renunciar en algo a lo que se considera propio, y sobre todo, compartir con el otro. Y ya se sabe, se empieza compartiendo sexo o simplemente una conversación, y se acaba compartiendo poder político y social; ése es el verdadero terror de los Pujol y compañía..

Lo que hace ridícula la xenofobia nacionalista es precisamente la inevitabilidad del fenómeno inmigratorio, en la medida en que es la propia burguesía quien lo provoca para satisfacer su necesidad de mano de obra barata. En ese sentido, son ellos mismos quienes cavan su propia tumba, atizando una contradicción básica.

La nueva oleada de inmigración, por otra parte, comienza a ser cuantitativamente importante y ya empieza a plantear problemas en la medida en que los nuevos inmigrantes comienzan a organizarse y a reclamar sus derechos (cosa que en las oleadas de la época franquista no podía ocurrir; seguro que los burgueses de hoy añoran aquellos tiempos más expeditivos). Si todo lo que se les ofrece a los inmigrantes son «inmersiones linguísticas» cuando ellos reclaman derechos laborales y respeto por sus culturas de origen, la conflictividad estará servida.

Pero si además se les niega la posibilidad de integrarse realmente en el país, es decir de mezclarse con la población autóctona y compartir con ella en plano de igualdad –que eso es el mestizaje-, condenándoles por tanto o bien a renunciar a sí mismos para dejarse absorber o, en caso de persistir en mantener sus referencias propias, al aislamiento en ghettos, esa conflictividad puede alcanzar perfiles muy duros: los ghettos parisinos o londinenses son un ejemplo claro de hasta que punto sin retorno se puede llegar.