Suceder a Pujol o ser sus herederos
INICIATIVA SOCIALISTA
septiembre 2002
Aunque oficialmente las próximas elecciones autonómicas catalanas deberían celebrarse en octubre de 2003, son muy pocos los que creen que el último Govern presidido por Pujol dure hasta entonces.
A la vista de la escenificación del deterioro de las relaciones entre CiU i PP –escenificación claramente preelectoral, pura comedia destinada a públicos devotos y poco exigentes-, cabe deducir que las elecciones para renovar el Parlament catalán se celebrarán en algún momento de la primavera próxima.
Pujol ha dicho que no va a volver a presentarse, y probablemente no lo hará. El hombre debe estar cansado –medio siglo fent país cansa lo suyo-, y la verdad es que el futuro no pinta muy halagüeño para el nacionalismo moderado catalán. Es muy posible que Pujol quiera ahorrarse vivir en primera persona el declive de su partido (que electoralmente comenzó de forma suave pero perceptible hace ya un lustro), y la subsiguiente tala a hachazos del espacio político, social, cultural, ideológico y hasta metafísico que CiU ha venido ocupando en Catalunya durante casi un cuarto de siglo.
Con todo, algunos problemas que se le han presentado a Pujol en los últimos tiempos y que aparentemente podrían haber influido en su decisión de irse, tienen más apariencia que calado real.
La transformación de la alianza electoral entre CDC y UDC en federación de partidos no ha sido, ciertamente, más que una estratagema pujolista para ganar tiempo y calmar los afanes protagonistas de Duran Lleida y acólitos mediante una leve redistribución del poder interno; conociendo la vocación termita de Duran Lleida, eso es paz apenas para cuatro días. Empero, y dado que seguimos sin saber –y probablemente no sabremos nunca- cuántos votos tiene UDC por sí misma, no parece arriesgado pronosticar que los democristianos catalanes seguirán parasitando CiU por tiempo indefinido; no habrá ruptura de la alianza nacionalista en los próximos años, a no ser que suceda un cataclismo.
El apoyo del PP, por otra parte, está garantizado en lo fundamental -¿qué otra cosa podría hacer el PP más que apoyar al gobierno de CiU en las cosas substanciales?-, aunque fastidiar en el Parlament puede fastidiar lo suyo, incluso votando con la izquierda parlamentaria, cosa que ya ha hecho. Pero el PP no derribará un gobierno de la derecha catalana sino puede cambiarlo por algo más ventajoso para la estrategia de Aznar, máxime cuando tienen muy claro que substituir a CiU como primera fuerza de la derecha en Catalunya es algo que estará fuera de su alcance por muchos años.
A los independentistas de ERC aún les queda mucho camino por recorrer si quieren consolidar un perfil propio, políticamente creíble y eficaz. Un perfil políticamente maduro, en definitiva, lejos de las salidas de pata de banco de algunos de sus dirigentes, cuyo radicalismo aunque sólo sea verbal no es precisamente el más adecuado para recolectar votos entre el muy burgués y poco dado a exhabruptos electorado nacionalista catalán.
Las izquierdas, por último, siguen en lo de casi siempre, es decir, despistadas y endormiscadas, medio peleadas y medio aliadas entre ellas a la vez. Aunque el candidato Maragall les haya alegrado las pajaritas y quitado en parte la modorra, parece difícil que puedan llegar a ganar una mayoría suficiente la próxima vez.
En resumen: si Pujol se presentara de nuevo en 2003, probablemente ganaría.
Pero el Muy Honorable, viejo zorro, ha olido, leído e interpretado los signos del fin de un ciclo histórico y no quiere que la caída de la casa le pille dentro. El se va a la Historia, que es una residencia de lujo donde hace años tiene reservada plaza, y desde tan particular Olimpo seguramente continuará diciéndonos a los catalanes de qué toca hablar y de qué no; en el fondo, Pujol de mayor siempre ha querido ser Tarradellas.
El signo de los tiempos más evidente es el hartazgo del propio electorado nacionalista, que ya se detectó en las elecciones autonómicas catalanas de 1999. En esa ocasión, la alianza PSC-IC superó en algunos miles de votos reales a CiU, aunque ésta terminó por sumar más escaños, poniendo así al descubierto en toda su crudeza la estafa electoral que representa la actual asignación numérica de los escaños autonómicos de Catalunya entre las diferentes provincias (por no hablar de la existente en el País Vasco). El factor nuevo e inesperado aparecido en esas elecciones y que puso por primera vez a Pujol contra las cuerdas, fue la sorprendentemente elevada abstención entre el electorado nacionalista. La izquierda estuvo a punto de ganar.....sin haber conseguido movilizar a su electorado del cinturón rojo barcelonés (el mismo que le da el triunfo en las generales y municipales): simplemente, y por primera vez, una parte importante del electorado nacionalista decidió no acudir a votar en las que tradicionalmente consideran “sus” elecciones (en modo opuesto a los votantes de izquierdas, que siempre acuden a votar en mayor número en las generales e incluso en las municipales).
Es decir, el cansancio no es sólo de Pujol. ¿Habría que decir que el cansancio de Pujol lo provoca precisamente el cansancio que manifiesta su electorado?. Probablemente.
¿Y de qué están cansados?. El país marcha razonablemente bien, la oposición se opone poco, los actores sociales, económicos y culturales fundamentales están a su servicio o son sus partenaires salvo rarísimas excepciones.... ¿qué les cansa?. Pues seguramente el propio discurso de sus políticos: el votante medio de CiU comienza a estar empachado de los equilibrismos de puente aéreo, de tanto independentismo expedido en dosis de caballo en la Escuela de Verano del partido o en las visitas de los gerifaltes a los barrios y comarcas, simultaneado con total desparpajo con gentiles besamanos y abrumadoras protestas de lealtad institucional (a la Corona, a la Constitución o a la Liga de Fútbol Profesional si se tercia) proferidas por los mismos, con Pujol a la cabeza, en cuanto pisan Barajas.
Es decir, el votante nacionalista moderado empieza a demandar un discurso nítido: el que sea, pero nítido. O caixa o faixa, o lo uno o lo otro.
Y eso Pujol no se lo puede ofrecer. El es un artista de la maroma, un equilibrista sin red pero con mil trucos disponibles. El no es un Arzalluz, por ejemplo; mediterráneo hasta el fin, mientras el Padre Vasco transporta una sola y robusta piedra bajo el brazo (genial síntesis de Peridis), Pujol se mueve con un surtido muestrario de globos de todos los colores y tamaños posibles.
Se imponía pues, y con cierta urgencia, la necesidad de relevar al Muy Honorable por antonomasia. Nuevos tiempos, nuevas caras.
El pujolismo buscó rápidamente un heredero y dice haberlo encontrado en Artur Mas. No es que no hayan otros posibles, es que no quieren comprometerse. Todos esperan a verlas venir, y por eso han tenido que sacar a este chico de las oficinas de la Generalitat. Si Artur Mas gana las elecciones, será el funcionario de segunda o tercera fila que haya llegado más lejos desde que existe la Administración pública catalana; un indiscutible mérito que debería figurar en su currículum. De momento, todo lo que hasta ahora ha ofrecido el señor Mas como conseller en cap del Govern, ha sido la sonrisa y el dinamismo de un vendedor de enciclopedias a domicilio. Ni como gestor ni como ideólogo ha demostrado absolutamente nada.
Ante tal panorama y adversario, la izquierda presentará de nuevo un candidato experimentado y con gancho. Mal que bien soplan vientos de unidad y distensión entre todas las formaciones que se reclaman de izquierdas, y hasta Esquerra Republicana de Catalunya –nombre de añejo sabor para un curioso partido que, a pesar de su biografía, atavismos y electorado, dice ser de izquierdas-, apoya por el momento iniciativas que normalizan su presencia en la política catalana, sumándose a opciones progresistas (gobierno del Ayuntamiento de Barcelona, coalición Entesa dels Catalans al Senado).
Desde 1999 las encuestas insisten que Maragall ganará en 2003. Atención, no que ganará el PSC, sino que ganará Maragall. Desde que se conoció que Pujol no se presentaba y que Artur Mas sería el rival a batir, el tamaño de la victoria de Maragall creció según los sondeos hasta cotas que nadie, salvo las empresas encuestadoras, se ha creído realmente. Parece, por contra, que las fuerzas están muy igualadas, y que incluso, según esas encuestas que nunca se publican pero que suelen manejar los estados mayores de los partidos, es muy probable que CiU vuelva a ganar en número de escaños; en este caso, y al revés que en el de la izquierda, quien ganaría obviamente sería CiU, no Artur Mas.
Existe, con todo, alguna posibilidad de que gane Maragall. Cabe preguntarse entonces en calidad de qué llegaría Maragall al Palau de la Generalitat, si como sucesor o como heredero de Pujol. Es decir, si llegaría para substituirle o para, en cierto modo, dar continuidad a su obra.
El matiz es básico. Desde hace tiempo, algunos intelectuales y periodistas de izquierdas catalanes no comprometidos con el establisment del país se interrogan sobre este asunto, y las conclusiones son bastante desalentadoras.
Desde la ironía, la acidez y en ocasiones, también desde una cierta amargura, gente como Francesc de Carreras, Josep Ramoneda, Arcadi Espada, Félix de Azúa y otros, vienen denunciando cómo la crema política e intelectual de la izquierda catalana en general y los dirigentes socialistas en particular, tienen interiorizados de tal manera mentalidades, modos, maneras y valores propios del nacionalismo de derechas catalán, que resulta cada vez más difícil distinguir las posiciones de unos y otros en temas fundamentales, significativamente en cuanto afecta a la llamada cuestión nacional.
La causa de que ello sea así radica probablemente en unos orígenes de clase compartidos, y sobre todo, en la acusadísima endogamia de la élite catalana, en la cual todo el mundo es hermano, primo o cuñado, ha estudiado en los mismos centros educativos, y mantiene un variado repertorio de intereses en común, incluidos desde luego los de carácter puramente profesional o económico-financiero.
La apertura al centro desarrollada por Maragall en la preparación de las elecciones de 1999 –creando Ciutadans pel Canvi, guiñando el ojo a UDC, tanteando sectores modernizadores de las fuerzas vivas tradicionales catalanas-, fue equilibrada en su momento por la inteligente alianza con IC en tres provincias, alianza que si se hubiera extendido a la provincia de Barcelona habría dado algunos escaños más a la coalición de izquierdas, en detrimento de CiU. Sin embargo, y a pesar de su conocimiento de los barrios barceloneses y de sus excelentes relaciones con el movimiento vecinal y asociativo en general de la ciudad, Maragall no fue capaz de extender hacia la izquierda más allá de IC la tela de araña que comenzó a tejer entonces, lo que sumado a que tampoco se produjo la movilización de votantes de izquierdas necesaria no ya para conseguir algunos escaños más que CiU –situación en la que difícilmente el PSC habría podido gobernar, presionado por una más que posible pinza CiU-PP, y por la equidistancia de ERC-, sino la mayoría suficiente que despejara el horizonte para un gobierno estable y fuerte, aunque seguramente lejos de la mayoría absoluta.
Es decir, lo que el PSC necesitaba y no consiguió –y probablemente tampoco conseguirá en 2003-, fue, simplemente, obtener los mismos resultados en votos reales que alcanza en las elecciones generales.
Con todo, y a pesar de las dificultades objetivas expuestas, sigue existiendo como decíamos una posibilidad cierta, aunque reducida, de que Maragall llegue a gobernar en 2003. Si esto se produjera, habría que ver cuáles serían los mimbres con los que se fabricaría ese gobierno, y qué políticas se puede esperar que produzca.
Una de las virtudes tradicionales de Maragall ha sido saber crear equipos competentes a su alrededor -equipos de valía técnica indiscutible y con una cierta heterogeneidad ideológica en su interior, fieles al hombre que los ha creado y a pocas cosas más-, lo que ya le ocasionó problemas con la dirección barcelonesa del PSC en su etapa como alcalde de Barcelona. No parece que sea el caso del Gabinete en la Sombra que, a imitación del británico, le ha acompañado en los últimos tiempos con más pena que gloria. Llegado el momento, difícilmente el aparato del PSC le permitiría a Maragall los niveles de independencia que gozó antaño en la Alcaldía barcelonesa. Tanto para escoger a sus colaboradores en el Govern como para diseñar las políticas a llevar a cabo desde él, Maragall debería negociar duramente con su propio partido.
Pero es que además, los vínculos y compromisos de Maragall con la sociedad civil catalana –es decir, con los sectores mejor organizados y más dinámicos de la burguesía local-, reducen su margen de maniobra de modo notable; que estos vínculos y compromisos sean asumidos de buen grado o le sean impuestos, es algo que no tiene ahora demasiada importancia. En realidad, Maragall es él mismo un producto de lo mejor del establishment burgués catalán, y por tanto jamás hará nada que perjudique los intereses fundamentales de sus iguales.
En todas partes el reformismo tiene unos límites, precisos e intocables, en lo que afecta a la organización básica económica y social de un país; en Catalunya, esos límites abarcan además aspectos ideológicos y culturales asimismo incuestionables. No es exactamente que en Catalunya exista un pensamiento único en torno a temas como la lengua, la identidad nacional o la prioridad de la política catalana respecto a la española, sino que lo que existe es más bien un pensamiento no discrepante en relación con el núcleo de las propuestas burguesas en esos temas; desde la izquierda se pueden matizar, pero sin entrar nunca en lo substancial. Por autorrenuncia o por convencimiento, la cosa funciona así.
Con todo, existe la posibilidad de hacer otra política. No otra política de gestión, que es la que se barrunta intentarían Maragall y su equipo caso de ganar, sino otra política de gobierno: una acción política transformadora, que acometiera los problemas reales y desinflara los artificiales, y estuviera impulsada desde un Govern de izquierda plural plenamente conectado con los sectores populares.
No basta con adecentar la gestión pública autonómica catalana, sumida desde hace 20 años en el gigantismo, la arrogancia y la corrupción. Se entiende implícitamente que un gobierno de izquierdas acabe con todo eso -dicho sea de paso, requerirá un esfuerzo notable conseguirlo-, y gestione los recursos públicos con la honestidad, la imaginación y el buen hacer que avalan la trayectoria histórica de un político como Pasqual Maragall.
Lo que muchos catalanes están demandando –incluso mediante el recurso silencioso pero a la vez elocuente de no acudir a las urnas-, es mucho más que eso: lo que quieren es un cambio de políticas en todos los terrenos. Y quieren, además, que ese cambio se realice con participación popular directa, y no sea fruto sólo de la intervención de técnicos y políticos profesionales.
Si hay un político en Catalunya – y quizá en toda España- que por talante, biografía y recursos puede encabezar un proyecto así, es Pasqual Maragall. Cosa distinta es que quiera y pueda.
Lo cómodo para Maragall en caso de ganar sería constituirse en heredero de Pujol, y limitarse a gestionar honestamente una Administración pública catalana con demasiados vicios de origen y desarrollo; cuadrar el círculo, se le llamaría a eso. Tal continuidad, sencillamente, cercenaría las esperanzas de millones de catalanes.
La apuesta de transformar profundamente la Catalunya de principios del siglo XXI entraña muchos riesgos, y, ciertamente, ni Pasqual Maragall es Salvador Allende ni el mundo de nuestros días está para muchos experimentos. Y sin embargo, un programa de acción de gobierno que simplemente priorizara los intereses populares reales por encima de los intereses colectivos míticos, sería hoy en Catalunya profundamente revolucionario.
Honestidad e imaginación son dos virtudes características de Pasqual Maragall. Si gana, necesitará, además, mucha suerte. Si le suma a todo eso una fuerte voluntad de transformar las cosas, se abrirá entonces una nueva etapa en la autonomía catalana, en la que por fin podrá comenzar a reconocerse el electorado natural de las izquierdas de este país, cosa que hasta fecha de hoy no ha sucedido.


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