Un asunto de cuernos
IZARONEWS
abril 2004
El Ayuntamiento de Barcelona ha aprobado recientemente por votación mayoritaria una moción en que se manifiesta contrario a las corridas de toros, y declara Barcelona como “ciudad antitaurina”.
Qué quieren que les diga, yo hubiera preferido que los dignos munícipes barceloneses declararan mi ciudad “libre de accidentes laborales”, “ciudad antiempleo-basura”, o “municipio en guerra contra el transporte privado”. Pero vale, lo de los toros puede ser un comienzo.
La actual campaña antitaurina no viene de nuevo. Las corridas de toros siempre han tenido mala prensa entre la burguesía catalana, y ello por razones ajenas a la brutalidad innegable del espectáculo en cuestión, que en realidad, tampoco es tan lejana de la que ofrecen día sí día también decenas de miles de energúmenos vociferando y zurrándose en los campos de fútbol.
Los toros fueron en Barcelona, hasta finales del siglo XIX, un espectáculo popular e interclasista, que por alguna extraña razón cuando la corrida no era del gusto del público solía terminar con el incendio de iglesias y conventos. La burguesía triunfante dejó de asistir a las corridas cuando empezó a preocuparse por enmascarar con una pátina de cultura la zafiedad de sus gustos primigenios, propios de sus orígenes campesinos y menestrales de la época; para dotarse de respetabilidad, los burgueses cambiaron los tendidos taurinos por los palcos del Liceu, y, por imitación, el pueblo llano empezó a considerar que eso de pasárselo bien viendo como se convierte a un animal en un pinchito sangrante, era poco fino.
De bastantes años hacia aquí, en la plaza de toros barcelonesa solo se ven rebaños de turistas, y algunos, muy pocos, aficionados locales, en general de origen inmigrante.
Y por ahí van los tiros. Seguro que los proponentes de la moción no han querido fastidiar a los turistas, que al cabo van al sitio que les lleven, sea la Sagrada Familia o sea una corrida de toros. Adonde realmente apunta la moción es a erradicar lo que –erróneamente- se interpreta como “una seña de identidad nacional ajena a la nuestra (la catalana)”. Que a los andaluces en particular y a los españoles en general les gusten más o menos las corridas de toros, vayan o no a las plazas, no debería ser motivo de preocupación para los defensores de la pureza cultural identitaria catalana, o al menos no en grado superior al que debería provocarles el fanatismo existente por ese espectáculo de origen anglosajón llamado fútbol, en el que por cierto de vez en cuando se derrama sangre humana y no precisamente en el terreno de juego.
A lo peor el problema de los proponentes con las corridas de toros no radica tanto en el espectáculo (o lo que sea eso) en sí mismo, sino en la percepción ideológica que tienen de él y en los dividendos políticos que se pueden obtener atacándolo (o defendiéndolo). Ya se sabe que los toros no votan, pero los taurinos y los antitaurinos sí.
Será curioso ver, de todas maneras, si la moción de Barcelona se extiende a otras poblaciones catalanas donde la práctica de torturar toros en “festejos populares” con la participación activa de miles de personas tiene un origen más supuestamente autóctono, caso de los multitudinarios correbous de Cardona, Olot y decenas de otras poblaciones de la Catalunya interior, también llamada la “Catalunya catalana”.


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