Sant Jordi, ¿fiesta de la cultura?
IZARONEWS
abril 2004
Un año más, la Diada de Sant Jordi ha inundado con puestos de venta de libros las calles de las principales poblaciones de Catalunya y singularmente del cap i casal, Barcelona. Como cada 23 de abril, la magna celebración de la cultura vuelve a hermanar en el civismo a todo un pueblo, el único que hace de la adquisición y regalo de libros una seña de identidad propia mundialmente admirada, y bla bla bla.
Lo cierto es que no es oro todo lo que reluce en Sant Jordi. Ni mucho menos. Más que toda la ideología autocomplaciente que se ha ido generando alrededor de esta fiesta, brillan en ella con luz propia la lucha por la supervivencia de los libreros -el eslabón más débil en la cadena de la industria del libro- y la caspa cultural que recubre buena parte de nuestra sociedad. Vayamos por partes.
Para empezar, la que casi todos creen celebración tradicional catalana se remonta en realidad, según alguien tan poco sospechoso como Josep Maria Espinàs, a 1954; como tantas otras supuestas antiguas tradiciones del país, su pedigree histórico es casi inexistente. Durante los primeros años de la Transición, que fue cuando verdaderamente despegó la celebración de la Diada del Llibre i de la Rosa y se convirtió en un fenómeno de masas, las principales cajas de ahorro catalanas regalaban un libro a sus impositores en esta fecha. Títulos como Tiburón, Alguien voló sobre el nido del cuco y otros por el estilo eran obsequiados en ediciones especiales encargadas por las cajas y repartidos por decenas de miles en un solo día. Los libreros terminaron por protestar airadamente, ya que la gente en vez de comprar libros se limitaba a recoger el que le ofrecía la entidad financiera de ahorro de la que cada cual era cliente. Las cajas dejaron de repartir libros gratis, y a partir de ahí los libreros empezaron a rentabilizar Sant Jordi.
Del volumen de negocio actual de Sant Jordi, se dice oficialmente que viene representando unos 18 millones de euros, el 10% de la facturación anual del sector. Otras fuentes elevan bastante más ese porcentaje sobre el total de ventas anuales. En cualquier caso, puede afirmarse que mucho entusiasmo por la compra de libros no parece haber en Catalunya –ni en toda España- durante los trescientos sesenta y cuatro días restantes del año.
Del talante de la mayoría de compradores en esa fecha señalada, da cuenta otro dato sobradamente conocido entre los profesionales del sector: cada año, la inmensa mayoría de ejemplares que se venden por Sant Jordi, tanto en catalán como en castellano, corresponden a un puñado muy reducido de títulos, en general novelas nacidas con vitola de best seller; títulos que son ampliamente publicitados mediante fuertes operaciones de marketing en las semanas previas a la Diada. Hay autores, especialmente en lengua catalana, especializados en publicar y vender como posesos en Sant Jordi.
Cualquier comprador habitual de libros debería sentir tristeza y una cierta vergüenza al comprobar como por Sant Jordi resulta extraordinariamente dificultoso el acceso al interior de las librerías barcelonesas, más abarrotadas de público que el primer día de las rebajas de El Corte Inglés, cuando al día siguiente y todos los restantes días del año uno puede moverse por ellas con toda tranquilidad y espacio dada la escasez habitual de clientes.
Así que ya ven, los catalanes tenemos un día especial para comprar “el libro”, para muchos el único libro que comprarán y tal vez leerán en todo el año. Y encima, nuestros patriotas locales nos venden Sant Jordi como una prueba de la “superioridad cultural” catalana sobre otros pueblos vecinos.
Lo cañí en estado puro, en suma.


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