mayo 27, 2004

Para entender el oasis catalán. Mixtificaciones y complicidades (1)

INICIATIVA SOCIALISTA
2002

La identificación entre catalán y nacionalista, principal aportación ideológica del pujolismo a la política catalana -"soy catalán y por eso voto al partido catalán", suelen decir sus seguidores-, constituye el corazón mismo de una política hegemonista de clase, y cuya función como instrumento de dominación social vamos a intentar aclarar aquí.

Tal identificación es, desde luego, una pura y burda mixtificación, una impostura, pero ha sido tan sabiamente cultivada desde el poder pujolista, que ha logrado hacer fortuna incluso entre la mayoría de catalanes no nacionalistas; la dimensión que dentro y fuera de Catalunya ha alcanzado esta confusión interesada llega en ocasiones a extremos ridículos.

A efectos prácticos, tal identificación entre país e ideología nacionalista ha comportado una segunda y peor confusión, a saber: la existente entre la organización política que encarna esa propuesta ideológica y la propia estructura de gestión administrativa autonómica de Catalunya. Es así que la Administración pública catalana es hoy mero ejecutor de los sueños, las fantasías y los delirios de la opción política que la gestiona, y simultáneamente, generoso pesebre en el que se alimentan sus deudos.

Para que todo este castillo se sostenga en pie, obviamente hace falta algo más que ideología como cemento.

La perpetuación en el poder de la coalición que lidera Jordi Pujol, y sobre todo, el modo hegemónico en que se viene produciendo, sólo puede entenderse desde la habilidad conque la derecha nacionalista ha sabido ir tejiendo una red clientelar densa y capilarizada, capaz de penetrar en todos los intersticios de la sociedad catalana. Así, la colusión entre lo público y lo privado ha devenido en un fenómeno normal y universalmente aceptado en todo el país.

En ciudades, pueblos y comarcas catalanas, la fusión entre organización política y aparato gubernamental alcanza tales niveles de compenetración simbiótica, que resulta difícil encontrar modelos foráneos con los cuales comparar, al menos en el ámbito europeo. Ciertamente, ninguno de esos posibles modelos tiene que ver con sociedades democráticas avanzadas, y sí con regímenes autoritarios más o menos disfrazados.

Este fenómeno es tan sólo la punta de un iceberg al que en adelante llamaremos nacionalpujolismo, entendiendo por tal la forma ideológica en que la mayoría de la sociedad catalana actual vive su identidad como pueblo y desde la cual interpreta la realidad tanto en la existencia colectiva como en la individual, incluso en los aspectos más cotidianos y aparententemente desideologizados.

Uno de los pilares fundamentales del nacionalpujolismo es el soporte acrítico que le prestan la jerarquía y el clero católicos en Catalunya, lo cual, en una sociedad cuyos referentes míticos tienen raíces profundamente conservadoras, facilita una legitimación ideológica verdaderamente eficaz. El desparpajo con el que la Iglesia catalana contemporánea ha hecho suya la nueva ideología dominante sólo cabe compararlo con el que exhibió durante el franquismo, cuando integró, con todo entusiasmo, en su pensamiento sociopolítico la ideología fascista imperante. La Iglesia catalana ha encontrado en el nacionalpujolismo un perchero adecuado en cual colgar su pensamiento terrenal en materia política, social y cultural, a la vez que un fiel defensor de sus intereses materiales y también de su afán de predominio sobre las conciencias.