La Boda. La contracrónica (o no).
Inédito
mayo 2004
Esto son unas pinceladas acerca de un acontecimiento mediático que todo el mundo jura no haber visto, pero que en realidad paralizó Iberia entera mientras se producía. Había que pasear las calles de ciertas ciudades nada sospechosas en principio de monarquismo-españolismo para darse cuenta; que cada palo aguante su vela, que dicen.
Se comenta que la fecha del 22 de mayo la eligieron tras consultar a eminentes astrólogos. De ser cierto, mal parado ha quedado el distinguido gremio de los que viven de anticipar el futuro. Más que nada porque hubiera bastado con llamar al Servicio de Metereología de la NASA o simplemente consultar el Calendario Zaragozano para saber que si el 22 de mayo no llovía, sería más milagro que otra cosa. Y los milagros escasean últimamente hasta en las bodas reales; incluso los astrólogos de cámara deberían saber eso.
Así que el sábado temprano, con el cielo amenazando tormenta, se levantó el telón sobre Madrid.
La cosa de la llegada de invitados a La Almudena fue un no parar de elegantes parejas. Señoras ataviadas con los más vistosos y caros trapos de la temporada iban del brazo de caballeros vestidos como para ir a ver las carreras del Grand National, con excepción de un selecto grupito de reyes reinantes o con aspiraciones que eligieron el traje de primera comunión, o sea, el de marinerito (con gorra de plato, eso sí). Pocos se salieron de la norma general y vistieron traje normal, entre ellos Cándido Méndez (que se puso corbata), y José María Fidalgo (quien por cierto, días antes en televisión se refirió a un discurso de Felipe de Borbón como «propio de un joven sindicalista»). Por allí andaba también Nelson Mandela, con su chaqueta negra de seda estilo Mao: cosas de la globalización.
Ahora, quien de verdad se llevó la palma fue Rouco Varela, que no sólo estrenó modelito para la ocasión sino que hizo gala de un talante que nada tiene que ver con el buen rollo zapateril: miedo daba verle avanzar solo por la catedral, como un Darth Vader que más que ir a casar a unos novios se dirigiera a devorarlos.
Lo de las señoras y sus galas merece capítulo aparte, naturalmente. Para empezar, los de Protocolo de la Casa Real se confundieron al remitir las invitaciones y convocaron a la Reina y a la Infanta Elena a una corrida de toros en vez de a la boda de su hijo y hermano, respectivamente: no puede tener otra explicación la presencia de las dos damas ataviadas con peineta y mantilla, como si fueran a los tendidos de Vista Alegre. En Madrid había verdadera expectación por ver a doña Elena, y una vez más la Infanta no defraudó.
Por lo demás, entre el resto de las damas asistentes la cosa andaba dividida entre las que llevaban pamela y las que llevaban plumas, centros de mesa y hasta nidos de pájaro en la cabeza. Inenarrable Trini Jiménez, con un sombrero rematado con una galleta gigante; no me fijé, pero seguro que en la espalda del vestido debía llevar publicidad de Fontaneda o similar. Agata Ruiz de la Prada, como siempre, en su línea: vestida como un adefesio. Que esta mujer se gane espléndidamente la vida como diseñadora de moda de la burguesía aznarista, da idea de la capacidad para el mal gusto con mayúscula que tienen los nuevos ricos.
Algunos invitados montaron su propio show. Como el marido de Carolina de Mónaco, quien al parecer desde primeras horas de la mañana tenía problemas con la verticalidad y se quedó en el hotel en vez de ir a la Almudena, aunque al banquete sí llegó; y es que por mucho que digan, el vino de misa no se puede comparar con un buen Rioja. Otro que parecía haber entretenido la espera en compañía de Baco fue Carlos de Inglaterra, cuyo aire ausente y nariz más roja que la del reno de Santa Claus hubieran levantado sospechas en cualquier control de alcoholemia. Uno que dio el golpe ante el público que esperaba a la entrada de la catedral fue el escritor Vargas Llosa, a quien se le escoñó la limusina y llegó a la ceremonia dentro de una tanqueta de la policía; si de ahí no sale una novela corta o al menos un relato, es que a Marito se le ha secado la pluma. David Beckham no estaba invitado, para decepción de tanta niña pija de Serrano que hubiera dado un brazo por verle acudir a la boda vestido de blanco y con botines; y aunque le hubieran invitado quién sabe si habría ido, ocupado permanentemente como está el rubio delantero en hacerse el moño y enpolvarse la nariz (con la polvera de Victoria, no sean mal pensados).
Pero la campanada más sonada la ha dado el coronel en la reserva Amadeo Martínez Inglés, otro eximio showman, quien según se ha sabido ahora dejó en pelotas a todo el dispositivo de seguridad del evento. Según contaba el diario El País el lunes posterior a la boda, Martínez Inglés, que no estaba invitado ni tenía documento alguno que autorizara su presencia allí, se introdujo en La Almudena vestido en uniforme de gala de coronel del Ejército de Tierra y portando bajo la guerrera una pistola reglamentaria. El militar ha declarado que no sólo no le pidieron acreditación en ningún momento, por lo que pudo atravesar uno tras otro todos los filtros de seguridad, sino que tampoco hubo de pasar bajo arco detector de metales alguno, por lo que terminó colándose en la catedral con pistola y todo. Los aullidos en el Ministerio de Interior han debido oírse hasta en Sebastopol.
Claro que al parecer la cosa podría haber sido mucho peor, pues según La Razón ETA habría recogido información previa sobre el recorrido, invitados etc. (entre paréntesis, concéntrense por un momento en la imagen del encapuchado de turno tijera en mano recortando el Hola y el Diez Minutos y luego grabando en vídeo Salsa Rosa y Corazón, Corazón: puro Gila). Dice textualmente La Razón que «La desarticulación del «comando Gaztelu» descubrió los planes de los terroristas, que ya habían planeado volar varias torretas de luz que dejasen Madrid a oscuras el día de la cena de gala». O sea que cuando los inquilinos del Palacio Real vean que se va la luz, ya saben: o no pagaron a tiempo el último recibo o es que ETA quiere fastidiarles la cena; en cualquier caso, con sacar los viejos candelabros asunto arreglado.
Y en fin, sobre la ceremonia propiamente dicha, qué les voy a contar. Lo mejor de todo, la zurra que se dieron entre ellos la tribu de infantes hijos de las Infantas; aunque así empezaron de niños Carlos María Isidro y su hermano, el futuro Fernando VII, y miren la que liaron luego, que quienes saben dicen que ya vamos por la quinta carlistada. Y el «Sí Quiero» de la principesca pareja, precedido de los titubeos casi adolescentes y los ojos emocionados de Felipe, en contraste con la seguridad en sí misma y las miradas en las que relampagueaba el triunfo de Letizia. Y Jiménez Losantos más cabreado que una mona porque las cámaras de Televisión Española no le sacaron ni siquiera en un miserable plano, y en cambio nos mostraron con todo lujo de detalle La Almudena (ya sabemos que don Federico es muchísimo más importante que La Almudena, donde van a comparar, pero ya que la pagamos entre todos al menos que nos la enseñen; aunque bien mirado, a don Federico y a su COPE también les pagamos entre todos vía Rouco y compañía, así que también deberían mostrarlo). Dice Jiménez Losantos que esta parecía una boda protestante o masónica, porque TVE no nos ofreció el momento en el que los ya esposos tomaron la comunión; y es que desde que Alfredo «C-C-O-O» Urdaci ya no manda en TVE, ya casi nada es lo mismo en el Ente.
A la salida hubo un lucido paseo en coche blindado para que los madrileños pudieran aclamar a la real pareja, paseo que fue amenizado con orquestas hábilmente instaladas en diversos tramos del recorrido (indescriptible una dándole al swing de Louis Amstrong al llegar a su altura el coche oficial). No sonó en cambio el regalito de la Comunidad de Madrid a los príncipes que ha perpetrado Nacho Cano, una especie de banda sonora al estilo de las que se oían en las pelis que los Estudios Bronston rodaban en Madrid en los años cincuenta. Por cierto que en el recorrido se evitó cuidadosamente pasar por la esquina de la calle Mayor donde Mateo Morral estuvo a punto de descabezar la dinastía el mismo día de la boda de Alfonso XIII, pero no se fue tan cuidadoso a la hora de seleccionar el sitio desde el cual los contrayentes saludaron al pueblo soberano: ni más ni menos que el balcón central de la Plaza de Oriente, el mismo desde el que arengaba aquel señor bajito con gorra de general y gafas oscuras.¡Qué yuyu!.
En fin, que mientras los recién casados e invitados daban buena cuenta del banquete en el Palacio Real, el pueblo llano de Madrid se abalanzó sobre los ornatos de la boda recién celebrada y se llevó hasta los geranios, despedazando de paso la alfombra ceremonial (ya verán lo poco que tardaremos en ver esos trozos subastados en Internet).
A la misma hora en que tenía lugar el banquete, en un bosque norteño los socios del Ateneo Republicano de Asturias celebraban un acto de homenaje al «oso regicida», el plantígrado que según la leyenda se comió a Don Favila, hijo y sucesor de Don Pelayo. Los republicanos asturianos proclamaron al oso «primer republicano español de la Historia», y como colofón se zamparon una comida campestre de hermandad. Craso error. Habida cuenta de que «la materia ni se crea ni se destruye, sino que sólo se transforma», tal como enseñan los científicos más eminentes, debemos deducir que los reales menudillos y otro material íntimo de Favila debieron pasar de alguna manera al oso que se lo merendó, con lo cual en realidad éste habría quedado incorporado por vía indirecta a la Familia Real; una cosa como lo de Iñaki Urdangarín, por poner una comparación, pero en el caso del oso por estricta vía digestiva, no sé si me entienden. O sea, que en realidad estaban homenajeando no a un correligionario sino a un desclasado pasado al adversario.
La iniciativa asturiana ha sido la más comentada, pero tampoco la única. Y es que, en fin, tal como ha escrito alguien estos días, «esta boda ha hecho más republicanos en España que una campaña de Carod Rovira en TVE en horario de máxima audiencia».
Tanto boato, tanta pompa y tanta circunstancia, acaban indigestándose.


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